Siempre he dicho, repitiéndolo casi hasta el cansancio, que la corrupción es la peor de las violencias porque engendra a las otras violencias.
La corrupción, gestada por el afán de conseguir dinero fácil, ha hecho parte de la realidad colombiana desde que tengo uso de memoria. Las razones de su práctica se explican en la falta de contexto ético desde la primera infancia, durante la cual se le ha enseñado a niños y niñas que lo importante era ‘ganar el examen’ haciendo trampas aun cuando no se hubiese estudiado, o presentar trabajos ‘copiados’ para pasar una nota, o pagar para recibir favores… Nuestra niñez ha crecido viendo películas en DVD piratas o leyendo libros igualmente falsificados, vistiendo prendas de contrabando, pasándose en las filas creyendo que con esa actitud eran ‘más vivos’, cuando en realidad todo ello son muestras de los síntomas de la descomposición de la cultura ciudadana, de la ética pública.



