Derivada de la costumbre medieval de la hospitalidad, la petición de santuario consistía en que cualquier oprimido o perseguido por una autoridad civil podía acogerse a la protección de iglesias, monasterios u otros lugares de culto cristiano con el propósito de salvaguardar su vida y buscar un trato más misericordioso por parte de la justicia terrenal.
El respeto a los templos “blindaba” al criminal de ser aprehendido y permitía que se intercediera en busca de clemencia.










