Las conversaciones sobre el acoso
callejero con mis amigos fueron las que empezaron a despertar la feminista que
en ese entonces llevaba escondida dentro. En un país donde las mujeres
sienten un peligro latente al caminar solas y donde una falda de colegio
representa el mayor blanco de miradas asquerosas y piropos indecentes, uno
esperaría posiciones claras frente al tema. Sin embargo, me encontraba en esa
época y me sigo encontrando, argumentos que apuntan a una difusa zona gris que
al final terminaba justificando el acoso. Yo por el contrario siempre me he
parado en el extremo más radical del espectro, el acoso callejero no es
aceptable nunca.
